komibtSoy cocinero y he sido enseñado por buenos maestros, fieles a la excelencia y vocación por el trabajo. Desde un momento hacia acá ha sido la causa de que mis visitas a restaurantes tornen a ser muy poco agradables o, mejor dicho, complicadas. Desde la entrada del lugar comienzo a evaluar todo lo que veo. El olor, el piso, si es de alfombra o cemento, la acústica del salón, la decoración, las sillas, las mesas, la barra, el menú, la limpieza, los empleados, el uniforme, el servicio, la vajilla, la comida, los ingredientes, el precio, en fin; ¡Todo! En ocasiones quisiera apagar el interruptor de criticón , pero simplemente no lo puedo evitar. La lista de restaurantes para comer se acorta día tras día. Hay personas que prefieren no salir a comer conmigo, aunque otros nos deleitamos en destruir o elogiar cada detalle del lugar. Me han botado de restaurantes, he discutido con gerentes, hago chistes que personas consideran ofensivos, suelo hacer preguntas, muchas preguntas, odio los ramekins cuando están sobre el mismo plato de la comida y las ramas de romero o perejíl enterradas en la montañita de almidón moldeado.

Antes de ser malinterpretado, no se trata de un ataque de pedantería o prepotencia porque pienso que lo sé todo, mi única intensión es divertirnos y ampliar el panorama gastronómico.

 

 

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